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02/06/2026
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Editorial

¿Lo personal es político?: La opinión de Isa Lastras

Por Isa Lastras

Cada 8 de marzo escuchamos una frase que se ha vuelto consigna del feminismo:

¿Lo personal es político?

Pero pocas veces nos detenemos a entender lo que realmente significa.

Este concepto surge para nombrar algo que durante mucho tiempo se quiso ocultar: que el malestar que muchas mujeres experimentaban en su vida cotidiana no era un problema individual, sino una experiencia compartida por millones.

Cuestiona también la idea de que existe una frontera clara entre lo privado y lo público. Durante décadas se dijo que lo que ocurría dentro de las casas, en las relaciones o en la vida íntima de las mujeres eran casos aislados. El feminismo vino a señalar que muchas de esas experiencias están atravesadas por desigualdades estructurales que se repiten una y otra vez en la vida de miles de mujeres.

Por eso, hablar de estas realidades en el espacio público es tan importante: cuando se nombran, dejan de verse como problemas individuales y comienzan a entenderse como fenómenos sociales que requieren soluciones colectivas.

Pero hay algo que no siempre decimos con la misma claridad: todo esto no empieza en la adultez.
Muchas veces empieza cuando apenas somos niñas.

Es político cuando en México 8 de cada 10 víctimas de abuso sexual infantil son niñas. 
Es político cuando cada año se registran alrededor de 350,000 nacimientos de madres adolescentes. 
Es político cuando en 2025, 63 niñas y adolescentes fueron víctimas de feminicidio. 
Es político cuando más de 1.7 millones de niñas viven en rezago educativo. 

Pero detrás de cada cifra hay algo que estamos dejando de ver.

Niñas que no pudieron ser niñas.
Niñas que tuvieron que crecer antes de tiempo.
Niñas que aprendieron a tener miedo en lugar de tener sueños.
Niñas que fueron obligadas a maternar cuando todavía necesitaban ser cuidadas.

Y eso no es destino. No es casualidad. No es “lo que tocó”.

Es una realidad que se repite porque la hemos normalizado demasiado tiempo. Pero esas historias no empiezan ahí, empiezan mucho antes, en la infancia.

En la primera vez que una niña aprende a tener miedo.
En la primera vez que alguien cruza un límite y nadie lo nombra.
En la primera vez que entiende que su cuerpo no siempre está seguro.
Ahí es donde comienza todo.
Y lo que no se protege en la infancia, se arrastra el resto de la vida.

Y cuando millones de mujeres comparten las mismas experiencias, deja de ser una suma de historias individuales. Deja de ser “mala suerte” o “exageraciones”.
Se vuelve una realidad social que ya no puede seguir tratándose como si fuera privada.

Por eso, cada 8 de marzo no solo se marcha para recordar lo que falta, sino para insistir en algo fundamental: lo que vivimos en nuestras casas, en las calles y en nuestros cuerpos también habla de cómo está organizada nuestra sociedad.
Y si queremos una sociedad distinta, tenemos que empezar por donde todo comienza.

Por garantizar algo que debería ser obvio, pero hoy no lo es:
Que las niñas puedan ser niñas.

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