

Nadie quiere hablar de control de armas, de soluciones a los tiroteos, de los debates estériles que se activan periódicamente en Washington. A los familiares de las víctimas en Uvalde, las palabras se les atragantan en la garganta: no hay recetas que valgan.
“Mi nieta no se merecía esto”, dice Esmeralda Bravo, acorralada por un tropel de periodistas a los que pide, primero con los ojos y después con una voz tímida y temblorosa, que se alejen, que no puede hablar más.
En sus manos está la foto de Neveah, una de los 19 niños de entre 9 y 11 años brutalmente asesinados el martes en Uvalde por un atacante que los acribilló con un rifle de asalto, el mismo que acabó con las vidas de dos maestras en un aula de la escuela primaria Robb.
Son también niñas las que ahora le ponen las manos en los hombros a Esmeralda, le susurran que deje de hablar si quiere, tratan de llenar el vacío. A su alrededor, cientos de personas tratan de arroparse unas a otras, se abrazan, sollozan en silencio o en alto.
Todos ellos han acudido a la vigilia en honor de las víctimas en un estadio de suelo arenoso en esta pequeña ciudad de apenas 16 mil habitantes, donde el 82 % son hispanos y casi todos conocen a sus vecinos, a los padres que cada día recogían a los niños a la vez que ellos en la escuela primaria Robb.

